Resaca y esperanza.

El coito

Juan era el hombre más atractivo que había visto en mi vida. Metro noventa, anchas espaldas, moreno de piel, ojos verdes y todas aquellas cosas que la mayoría de mujeres valoran positivamente del físico de un hombre.
Nosotras somos un grupo de amigas que preocupadas por la vida sexual de Inés decidimos contratar a Juan para que le diera una alegría. Inés, bajita y fea con ojos de topo, nariz de tucán y una sola ceja que le atraviesa la parte baja de la frente, no se preocupaba en absoluto por su aspecto físico. Inteligente y simpática como pocas se dedicaba a dar clases de bioquímica en la universidad. Centrada completamente en su vida laboral no le conocíamos ninguna relación amorosa.
Tal como se lo pedimos a Juan, que además de guapo es un chico listo, se presento como oyente a una de sus clases de principio de curso. Se interesó por la lección y le pidió poder comentar con ella algunas dudas. Fueron a buscar bibliografía al despacho de Inés y conversaron durante un rato, cuando Inés disimuló un típico gesto de dolor cervical, habitual entre los que pasan largas horas de estudio. Juan le pidió permiso para darle un breve masaje, le dijo que había sido su profesión durante años. Sentada en una silla, dejó que el galán desconoció relajara su musculatura. Juan tenía un don con las manos. Inés le dijo que jamás le habían dado un masaje así.

-Esto hay que arreglarlo dijo Juan- Mañana te espero en mi casa a las siete, todavía tengo la camilla. Luego te invito a cenar.
Inés no se creía lo que le estaba pasando, el alumno más guapo que nunca hubiera pisado la facultad no sólo se ofrecía a darle masajes sino que pretendía llevarla a cenar. Apareció en su casa a la hora acordada. Juan la hizo desvestirse y acomodarse en la camilla. Se quedo en ropa interior y Juan la tapó con una toalla. Le desabrochó el sujetador y masajeó su espalda con todo el virtuosismo de que era capaz, que no era poco. Una hora de reloj estuvo trabajando el cuerpo completo, cabeza y pies de Inés con la máxima profesionalidad. Juan sentía que ella estaba excitada, lo sentía por el tacto y los ligeros temblores de su piel. Sus pequeños pezones erectos se insinuaban bajo el sujetador suelto. Juan decidió arriesgarse.
Acomodó sus manos en las Ingles de la chica y las acarició suavemente. Inés se tensó y se ruborizó, pero no se mostro en desacuerdo. Juan se inclinó, se acomodó en la camilla y a través del suave tejido de la lencería, con su hábil lengua hurgó en el sexo de la profesora. Inés se sentía en el cielo y Juan la despojó de sus braguitas con suavidad. Continuó lamiendo con maravillosa precisión el inflamado clítoris de Inés que se sintió desfallecer, se sacudió, ahogó un grito y sintió el mejor orgasmo que jamás había tenido.
Juan se deshizo de su ropa al tiempo que seguía acariciando el cuerpo ya relajado de Inés. Ella lo contemplo desnudo. Era perfecto en todos los sentidos. Fuerte y musculado, la apuntaba con un hermoso y magnifico pene nervioso y erecto. Inés dobló sus rodillas y abrió sus piernas para que aquel hombre la penetrara dulcemente, sin prisa.
Juan nunca antes había tenido una sensación semejante. Una vez su pene dentro de Inés notó una sensación única, mágica, irreal, como si alguien en el interior de Inés le agarrara el miembro, lo acariciara, lo lamiera y lo masturbara. Era la sensación más agradable que hubiera tenido jamás y, sin poder reprimirse, eyaculó dentro de ella.
Lo que sucedió después ya se escapa del terreno de la realidad y entra en el capítulo de los cuentos de hadas, pero esto fue lo que pasó. En el mismo momento de su eyaculación el cuerpo de Inés sufrió una rápida metamorfosis, una transformación total y absoluta en su aspecto físico. Como la de un licántropo que vuelve a su estado normal. En el tiempo que uno tarda en vestirse, Inés se convirtió en una mujer preciosa, en la actriz más bonita de la historia. Juan no podía creer lo que estaba viendo. Marilyn Monroe había resurgido de sus cenizas, estaba en su casa, recogía su ropa y dándole las gracias con un largo beso desapareció por la misma puerta por la que había entrado Inés.
Marilyn Monroe no tardó en venir a verme para contármelo todo, me dijo que se volvía a Hollywood, quería empezar de nuevo su carrera como actriz. La bioquímica es una cosa muy seria, me dijo. Me pidió que la despidiera del resto del grupo.
Yo no entendí nada pero, como tonta no soy, me faltó tiempo para contratar los servicios de Juan para mí misma. Disfruté mucho con él y, además, siempre me había hecho mucha ilusión parecerme a Ava Gardner. He dejado mi doctorado de física nuclear y ahora toco el ukelele en Tennessee.

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