Resaca y esperanza.

El maltratador


José tenía muy mala leche, era agresivo y extremadamente dominante. Tenía cincuenta y siete años pero aparentaba setenta. Nunca había intentado llevar una vida sana, no paraba de beber y fumar tabaco barato. Solía quejarse por todo lo que no encontraba de su agrado y nunca encontraba nada de su agrado. Se podría decir que no gozaba de la simpatía de nadie. Era un tipo de aspecto desagradable, gordo, feo y deformado por la mala distribución de su grasa. Una papada exagerada pendía bajo una cara ancha, arrugada y gravada por la varicela. Tenía unos ojos pequeños que parecían esconder todo menos buenas intenciones y una diminuta nariz que apenas podía sujetar las desproporcionadas gafas de culo de botella que llevaba. Era muy feo pero sin embargo, como diría el chiste, tenía muy mal carácter.
Llevaba toda la vida mal viviendo en el mismo barrio en el que había nacido y se había discutido, más de una vez, prácticamente con todos los vecinos. Había llegado a las manos con alguno de ellos y aunque se enorgullecía de repartir puñetazos como nadie, pues de joven había boxeado, todos sabían que la verdadera práctica pugilística la había adquirido en casa, su mujer y sus hijos eran sus mejores sparrings.
José llevaba cinco años viviendo en una pensión de mala muerte que compartía con media docena de inmigrantes. La pensión ocupaba los bajos de un edificio y el problema menos importante que tenia era la aluminosis.
Vivía allí desde un día que el alcohol se le puso peor de lo normal y atizó brutalmente a su mujer y a su único hijo varón. Fue gracias a la presión de una hija mayor y al buen criterio del juez que se decidió mantenerle alejado de la familia. Mantenía la orden de alejamiento, vivía en la otra punta del distrito y solo se había cruzado con su mujer un par de veces en esos cinco años. Sus tres hijos nunca habían ido a verle. La mayor vivía fuera de la ciudad y trabajaba para una empresa de servicios de limpieza. La hija menor era discapacitada, dependía completamente de su madre y apenas salía de casa. Su único hijo varón pasaba más tiempo en prisión que en casa. -No es un mal chico pero con esa familia no me extraña, solía comentar la gente. El joven deambulaba con un grupo de perlas que intimidaban a la gente y hacían pequeños robos. Esto le había llevado a pasar temporadas en reformatorios, luego como no aguantaba trabajando ni dos semanas seguidas, volvía a las andadas. Si alguna vez se hacía con un botín mayor de lo normal le daba dinero a su madre para la casa, como decía él. Su madre era la única persona a la que respetaba. Al chico le gustaba su madre; esta era joven en comparación con su padre y hubiera sido atractiva de no haber recibido tantos golpes y tantos disgustos.
El primer día de invierno José se levanto más pronto que de costumbre, normalmente no se despertaba hasta pasadas las diez pero ese día algo debió despertarle. Normalmente se acostaba tarde y borracho porque se quedaba hasta las tantas jugando al póker con algún compañero de pensión o porque se distraía mirando a la gente en algún bar. En cualquier caso siempre se iba a dormir completamente borracho. A José no le gustaba levantarse pronto porque no tenía nada que hacer. Hacía varios años que no trabajaba, como medio país, cobraba una pequeña pensión del estado. Ahora ya no se sentía con ánimos de empezar de nuevo y había decidido dedicarse al alcohol que es lo que siempre le había gustado.
Aquella primera mañana de invierno, se levantó con la misma resaca de todos los días y decidió como cada día que lo que le sentaría mejor lo tenían en el bar. Se vistió lentamente - le era físicamente imposible hacerlo de otra manera - con la misma ropa del día anterior, se humedeció el cabello con agua y se pasó tres veces el peine, pensó que no le iría mal hacerle una visita al barbero -pero para estas necesidades secundarias nunca tenía dinero- . Sacó la cartera del bolsillo y calculó que le quedaban sesenta euros para pasar hasta el final del mes.
Salió a la calle sin afeitar y con la bufanda enrollada al cuello. Vivía en una calle con mucho transito de gente, la mayoría de las caras le resultaban conocidas del barrio pero por norma no saludaba a nadie. Llevar la cabeza agachada además de para resaltar más, si cabe, su papada le servía para esquivar miradas y para escupir continuamente al suelo. La última vez que escupió, antes de meterse en un bar, casi acierta sin darse cuenta en la caja de cartón con la que un viejo mendigo recogía las limosnas.
El bar estaba prácticamente vacío, tres estudiantes habían hecho campana para visitar a su amigo el camarero y bebían cerveza en un rincón. El camarero era un chaval de la edad del hijo de José, se separó de su gente y le dio los buenos días. Llevaba tres meses trabajando en ese bar. Quizás le había deseado los buenos días más de cincuenta veces a ese hombre y jamás había hallado ninguna respuesta.
José se bebió dos carajillos de coñac mientras hojeaba el Periódico y decidió ir a pasear por los encantes. Hurgó en el bolsillo del viejo anorak recordando tener calderilla y notó el tacto del papel entre las monedas. Por un momento deseo que se tratara de un billete arrugado, lo sacó y vio que era la primitiva de la semana anterior. Como no solía apostar no se había vuelto a acordar de ella y la estiró cuidadosamente sobre la barra. El camarero, que en aquel momento estaba cerca, notando que el señor acababa de descubrir el boleto, seleccionó de entre el pilón de periódicos viejos el suplemento correspondiente y se lo alcanzó antes de volver con sus amigos.
Necesitó repasar los números cinco veces y frotarse los ojos cinco veces más, para comprobar que no se equivocaba; había salido su combinación completa. Se quedó paralizado cinco minutos con la cabeza en ninguna parte y luego reaccionó. Pidió que le pasaran la botella de Torres, que normalmente no se permitía, y se lleno tres veces el vaso.
-Joven, que cobra un pleno esta semana?-gritó al camarero.
-Un pastón porque solo hay un acertante, contestó el camarero sorprendido por el primer comentario en tres meses de ese desagradable señor.
José se sirvió tres coñacs, uno tras otro, dejó un billete de 20 euros en la barra y abandonó el bar. Con un leve balanceo al caminar y la mente perdida en algún desconocido lugar, ando los veinte minutos que separaban el bar de la casa de su mujer.
La puerta del edificio estaba abierta, entró y empezó a subir las escaleras. Hacía cinco años que no pisaba aquel lugar y el olor le trajo un millón de recuerdos; la vieja moqueta de las escaleras, las gastadas paredes y los nombres que sus hijos habían surcado con cuchillos en los pasamanos le produjeron quizás la mayor nostalgia que había sentido en su vida. Llegó al tercer piso y llamó al timbre. Cuando su mujer abrió la puerta José tenía los ojos vidriosos de emoción y su aliento desprendía un fuerte olor a alcohol.
-Que estás haciendo aquí, lo tienes prohibido, lárgate inmediatamente o llamaré a la policía? -gritó asustada la señora con la puerta entreabierta.
-Solo quiero hablar contigo, será un momento.
Su mujer intentó cerrar la puerta pero José la trabó con la punta del pie. Luego empujando con todo el peso de su cuerpo se coló en la casa. Ella se puso histérica y le gritó como nunca lo había hecho cuando vivían juntos. Él intentaba decir algo pero no le daban opción. Allí estaba, en mitad del pequeño comedor como un niño grande, oyendo como su mujer le pasaba cuentas de tantos años de infelicidad y le exigía a gritos con lágrimas en los ojos que saliera de su casa.
José sacó la quiniela del bolsillo y la dejó sobre el hule floreado con tonos pastel que cubría la mesa del comedor.
- Solo quería daros esto. Es todo para vosotros. Hacer lo que queráis con ella-dijo con la voz entrecortada.
-Eh! hijo de puta, no oyes lo que dice mi madre? - apareció gritando su hijo de una de las habitaciones. Llevaba puestos unos calzoncillos viejos y una camiseta, sostenía un bate de béisbol con las dos manos y no había olvidado las palizas que le había dado su padre.
-Tranquilo mil hombres, no te vayas a golpear la cabeza con ese palo- respondió José mientras se dirigía a la puerta para salir.
El hijo de José tuvo prisa para ver salir a su padre de casa y cuando este ya había abierto la puerta le dio un empujón ayudándose con el bate. Quizá hizo demasiada fuerza o quizá el edificio tenía un rellano demasiado pequeño, el caso es que José cayó rodando por las escaleras como si fuera un saco de patatas, demasiado lleno, hasta que quedo trabado entre la barandilla y la pared. Su cabeza quedo colgando hacia atrás, sus pequeños ojos detrás de las gafas rotas perdieron el poco color que tenían y su corazón dejó de latir.
El hijo de José tardó tiempo en entender porque su madre se abalanzó contra el cuerpo de su marido y no dejó de llorar a su lado hasta que las autoridades se llevaron el cadáver. Tampoco entendió porque organizó un funeral como Dios manda ni porque, como si nunca hubiera dejado de querer a ese hombre, volvió a colocar la foto de su boda en la habitación.

(Relato actualizado de una primera versión de diciembre de 1996)

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