Confusión fatal II

La muerte y el final feliz


Conocí a Víctor en el Oncológico de Ciudad del  Sud y nos hicimos amigos. Los dos sabíamos que íbamos a morir. Solo vi una parte de lo que voy a contaros, el resto me la explico él.
Víctor llevaba mucho tiempo luchando contra el cáncer pero ese día notaba que finalmente había llegado su hora.  Había llegado el momento que estaba esperando y reunió las pocas fuerzas que le quedaban para llevar a cabo su último proyecto. Se levantó de la cama, sustituyó el espacio que ocupaba bajo las sabanas por un par de almohadas y se escondió tras la puerta de la habitación.  Fueron cinco minutos agónicos, de aguantar sin perder el conocimiento y evitar caer muerto al suelo. Nadie entendió como lo hizo pero el caso es que logró esperar despierto a la muerte.  La vio atravesar la puerta  cerrada, mostrándole la espalda. No era como en las películas. No era un esqueleto vestido de negro y tampoco llevaba guadaña. Más bien se trataba de una imagen borrosa al estilo del Canal + sin decodificar.  Se intuía una forma humana indefinida, no un ser monstruoso. Tuvo que esforzarse mucho para que no se le difuminara del todo la forma y desapareciera de su vista.   Víctor saco del bolsillo de su bata un pequeño dosificador y, sin perder de vista su objetivo, descargó en sus orificios nasales una buena dosis de cocaína.  Pensó que le ayudaría. Se abalanzo sobre la muerte agarrándola con todas sus fuerzas por el gaznate.
Notaba que la perdía de vista pero sentía que la tenía bien cogida.  Con toda la rabia del mundo dobló a su enemiga hasta pegarle la cara contra el colchón de la cama.

Notó que llevaba ropa y con la manó libre se la arrancó. Luego me contaría que jamás había violado a nadie. Esa fue su primera vez. Lo hizo con una rabia animal. Gritaba como un loco y movía su pelvis convulsivamente con todas las fuerzas de que era capaz hasta que, con el pijama a la altura de sus delgados muslos, eyaculó sobre las sabanas.  El alboroto había sido considerable y en este momento la mayor parte de los enfermos de la planta, capaces de levantarse, nos apiñábamos en la puerta de la habitación contemplando atónitos el triste espectáculo  del enfermo terminal follándose al hombre invisible.  Alertados por el ruido también  llegaron auxiliares y enfermeras que  tranquilizaron a Víctor, dispersaron al público y pusieron orden  en la habitación. Sorprendidos de que Víctor siguiera aun con vida, y con tanta energía, lo acomodaron y explicaron el suceso a los otros profesionales.  
Han pasado más de 5 años y todavía nadie se explica que sucedió aquel día en la mente de  Víctor Tazo, neuropsicólogo de profesión que hoy cumple 50 años.  El caso es que en el Oncológico de Ciudad del Sud no se ha producido ni un solo fallecimiento desde entonces. Yo soy una más de las supervivientes. Actualmente Víctor sigue visitando con frecuencia a los enfermos del Hospital  donde nació por segunda vez. Se gana la vida dando charlas a enfermos y profesionales de la medicina por todo el mundo. Ha publicado varios libros y audioguías de autoayuda para combatir el cáncer y otras enfermedades graves. Su última obra publicada Yo le di por culo a la muerte lleva más de 50 millones de ejemplares vendidos y, salvo al catalán, ya se ha traducido a medio millón de idiomas.
Estamos casados, somos felices y vivimos en una hermosa casa con vistas a una playa paradisiaca.  Pasamos largas horas contemplando el horizonte. Víctor dice tener un plan para cuando venga un tsunami.   

Comentarios