Resaca y esperanza.

Más paciencia que un santo.

Jaime andaba cabizbajo por las oscuras y solitarias calles que llevaban a la pensión donde se hospedaba. Las solapas de la gabardina pegadas a las orejas le atenuaban el leve chapoteo de la lluvia sobre las aceras y de sus pasos sobre el agua. La regularidad de las gotas al golpearle hizo que la mente se le nublara y que Jaime se encontrara plenamente inmerso en sus pensamientos. Notó lo concentrado que estaba cuando le sobresaltó la desagradable voz de un hombre que le pedía fuego. Le dio un terrible susto que le despertó de golpe. El individuo se percató pero no se molestó en pedir perdón, ni siquiera disimuló una desagradable sonrisa. Jaime reaccionó en unos segundos y palpó los bolsillos de su pantalón. La luz de una farola proyectaba la sombra de los dos hombres en el asfalto y eso le permitió tender la mano con el Zippo encendido sin apenas levantar la mirada para verle los ojos al individuo. Vio como la ancha llama se reflejaba en el feo "no me olvides" que colgaba en mano que sujetaba el cigarrillo. Cerró el mechero y siguió su camino.
El desagradable personaje caminó unos cien metros en sentido contrario a Jaime y se introdujo en un Alfa Romeo negro en doble fila. Hurgó diez segundos en la guantera y colocó un CD en el reproductor. Luego, al tiempo que una música machacona y simple azotaba con fuerza los insensibles tímpanos del hombre que apuraba la colilla, el coche arrancó. Jaime no tardó en oír el estruendo que provocaba el vehículo que se acercaba hacia él. No podía entender como alguien podía gustar de tan estúpida música y a tan alto volumen. Tampoco pudo evitar que la pernera del pantalón le quedara totalmente salpicada cuando el potente Alfa Romeo pasó sobre un charco. Estuvo a punto de mentar a la madre que parió a todo los santos cuando la cadena que relucía en la muñeca del conductor le distrajo.
Diez minutos más entre calles desiertas, oscuras y sucias y Jaime se encontró por fin, pero totalmente empapado, delante de la puerta de la pensión donde tenía que pasar su segunda y última noche en la ciudad. Estaba agotado, llamó al timbre. Los intermitentes del mismo maldito Alfa Romeo negro ahora aparcado en la acera se reflejaban en el cristal y apenas podía ver si había luz en el vestíbulo de detrás de la puerta. Se levantó el pelo a la vez que le daba a la mano función de visera y apoyó la frente en el cristal. Entre los barrotes de hierro de la vieja puerta pudo ver como el anciano portero de noche de la pensión apretaba un botón para abrirle la puerta. Jaime descargó sus noventa quilos sobre el mostrador y pidió la llave de la 402. Dio las buenas noches y pulsó para hacer bajar el ascensor. Nada, no tuvo éxito. El viejo conserje formulo la hipótesis de que el huésped de la 401 habría dejado la puerta abierta. Le encomendó a Jaime la simple tarea de cerrarla bien cuando llegara al 4º piso.
Ya en la habitación buscó en la maleta hasta que encontró su preciada petaca metálica. Se dirigió al baño, le cambió el agua al canario y cogió el vaso de la repisa del lavabo para llenarlo de whisky, no sin antes desalojar el cepillo de dientes que allí se encontraba. Conectó el televisor y lo hizo saltar de canal en canal hasta que terminó de beber. Apagó la tele, se desvistió, se metió en la cama y encendió la lamparilla de noche dispuesto a continuar leyendo un interesante artículo del periódico. De pronto las potentes ondas sonoras procedentes del televisor del vecino salvaron sin dificultad la escasa oposición que presentaba el tabique que separaba ambas habitaciones. Jaime por un momento quedo desconcertado. Golpeó la pared con fuerza a modo de queja pero el ruido apenas descendió unos decibelios. Aguantó diez minutos mientras fumaba un cigarrillo y cuando la paciencia tocó su techo y se disponía a visitar a su molesto vecino, entre martillazo y martillazo en el tímpano pudo distinguir el timbre del teléfono.
Jaime le contestó al conserje que él no tenía ningún Alfa Romeo negro aparcado en doble fila y que tampoco le extrañaba que el tipo de la 401 no contestara al teléfono. No se preocupe, le dijo al conserje, yo mismo le aviso y bajará en un santiamén a sacar el coche.
Más nervioso que la primera vez, volvió a remover la maleta. No le fue difícil encontrar las enormes zapatillas de peluche que representaban un par de conejos gigantes, en otro momento hubieran sido graciosas, y se las calzó. Se dirigió hacia la puerta en calzoncillos y camiseta y al pasar por el pequeño recibidor agarró el pesado cenicero de cristal que descansaba encima de la repisa que separaba ambas habitaciones Después de llamar cuatro o cinco veces al timbre, la puerta de la 401 se abrió repentinamente. Tras ella apareció el tipo que antes le había pedido fuego, ahora mascando chicle. No reconoció su cara pero si su pulsera. Tampoco ahora le miró a los ojos, se miró los simpáticos conejos de sus pies y, con intencionada timidez, le dijo qué le parecen mis zapatillas caballero? El hombre inclino la cabeza para mirar los pies de su interlocutor. Sin apenas darle tiempo a fijar la vista en las zapatillas, Jaime descargó con toda la rabia acumulada el peso del cenicero sobre la bien encarada nuca que tenía delante. Las rodillas del tipo se doblaron bajo su propio peso. Jaime no dejó que este se derrumbara del todo. Lo mantuvo doblado por la cintura sujetándolo por la pechera hasta apoyar su cuerpo en la estrecha barandilla de la escalera. Lo levantó lo justo para soltarlo al vacío - el pájaro de la 41 baja volando a sacar el coche, gritó al conserje.
Después de haber apagado la música que ya no sonaba para nadie, se dirigió a su habitación y se sirvió otro whisky. No tuvo tiempo de terminar de leer el artículo antes de que llegara la policía. Se lo llevaron a comisaria sin armar follón y sin esposar. Le hicieron unas pocas preguntas educadamente. Un cuarto de hora más tarde lo dejaron marchar con unas palmadas en la espalda. Tiene usted más paciencia que un santo dijeron. En el pasillo se cruzó con el portero, el viejo sonrió y le guiñó un ojo cómplice.


-Fotografía de Sonia Sisí- 

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