Confusión fatal II

Dos cuarentones salen de copas -1ª parte -

Estábamos en una ciudad del sur de España de viaje de negocios. Era el último día y, por motivos varios, todo había salido mal. La crisis se empezaba a notar en las administraciones públicas. Teníamos una última reunión con un cliente en la universidad. Habíamos comido mucho y bebido bastante para luego encerrarnos tres horas en un laboratorio a discutir aspectos técnicos y complejos con un erudito catedrático que tenía muchas ganas de hablar. Intentando hacer ver que entendíamos algo de lo que nos explicaban, la reunión se nos hizo larga y dura, mucho más que cualquier miembro viril. Llegamos a un acuerdo económico, podríamos decir que salió bien. Completamente agotados intelectualmente, no tenemos veinte años y llevamos tiempo sin entrenar, necesitábamos limpiar urgentemente con alcohol todo el conocimiento nuevo que nos habían metido por la fuerza. De dejar nuestras neuronas ocupadas conviviendo con toda esa información no nos quedaría espacio para otros temas más divertidos. Nos habíamos ganado una noche de copas. Saliendo de la universidad, le preguntamos al taxista donde podíamos ir. Queríamos encontrarnos con gente ya carrocilla, pues no se trata de andar haciendo el ganso entre adolescentes. Pasamos por el hotel y nos dispusimos a pasar una noche divertida en una ciudad juerguista por excelencia. Cenamos de maravilla en uno de los mejores bares de tapas de la ciudad. Vino y cerveza compulsivamente por el estrés al que nos habían sometido. Reímos muchísimo recordando las reuniones de trabajo, tomamos algo de whisky y nos dirigimos al local recomendado por el taxista. Joder!! Qué narices había entendido aquel taxista cabrón?
Un local para el ligoteo de ancianos bailongos con algún que otro aprendiz de joven gigoló, que andaba seduciendo abuelitas a los bestia. Más whisky mientras reinamos contemplando el grandioso espectáculo del comportamiento animal de nuestra especie homínida. Danza de apareamiento incluida. Rodríguez de la Fuente le hubiera sacado partido. Pedimos otro taxi para huir de allí. El nuevo taxista nos preguntó que quien nos había mandado al hogar del cazaviudas, palabra suya. Prometió llevarnos al mejor antro de la ciudad, la nueva discoteca de moda. Tres pisos con música para todos los gustos y, en principio, gente de todas las edades. Al al 90 % les doblábamos la edad. Tan ridículo como estar apretujado en el metro con un cubata en la mano. Bebimos más whisky y nos reímos de las situaciones que observamos. Molestamos lo justo a la gente, por aquella nostalgia de gamberro de clase. Solo que ahora el gamberro ya tiene aspecto de profesor. No ofendimos y no nos peleamos con nadie, cosa impensable hace 20 años. Nos fuimos del local un poco más borrachos de lo que habíamos entrado, dejando allí apelotonados a la flor y nata de los meones y meonas de la ciudad. Otro taxista nos llevó hasta la zona de copas más céntrica y nos metimos en el bar menos abarrotado. Cincuentones y cincuentonas tomaban copas en la barra. Todos bien bronceados, sin ser verano. Ellos vestidos estilo José María Aznar con jersey coloreado sobre los hombros y melenilla engominada sobre el cogote. Ellas con prendas apretaditas, ceñiditos vaqueros marcando esplendidos culos liposuccionados y generosos escotes. Caras de vicio, fumaban como carreteros porque son de una generación que todavía recuerda a Jean-Paul Belmondo. Parecía que todos iban calientes como radiadores, pero ellas sabían que sus interlocutores, por ser de su misma edad, no les aguantarían ni medio asalto. Estaban atentas a nuestros movimientos pero imagino que nosotros ya no somos mucho más apetecibles que los casposos. Nos terminamos el whisky y les observamos un rato antes de salir y meternos en un local cercano, tipo tubo, donde gente mucho más joven bebía cerveza y donde las mujeres no se fijarían en nosotros ni que hubiéramos entrado disfrazados de coliflor. Nos tomamos una cerveza y decidimos que había llegado la hora de la retirada. Taxi y para el hotel.
-NO! Todavía no! Nos dijo el nuevo taxista.
Está claro que el gremio del taxi nos estaba organizando la fiesta.
-Os llevaré al mejor local de la ciudad con mucha diferencia. -Todo esto no vale nada y tenéis que conocer lo mejor que tenemos.
Todos tenemos tendencia a querer agradar a los visitantes y los taxistas no son una excepción.
A estas alturas ya llevábamos una cogorza muy considerable. Si nos hubieran propuesto llevarnos delante de un pelotón de fusilamiento tampoco hubiéramos opuesto ninguna resistencia. Circulamos hasta la periferia de la ciudad y el taxista entró con nosotros en su elogiado local. Debería cobrar comisión por llevar a la gente allí y nos acompañó hasta la barra del inmenso puticlub, completamente vacío de clientes. Supongo que la crisis de la construcción le está haciendo mucho daño a este sector. Estábamos solos con un señor gallego, todavía más borracho que nosotros, que decía ser médico. Espero que nunca me tenga que curar de nada. Había una treintena de Shakiras y Beyonces semidesnudas, que habiendo dejado al doctor por inútil, descansaban sus culitos en taburetes. Al vernos entrar se lanzaron sobre nosotros como manada de hienas sobre la carroña. Nos acariciaron y casi suplicaron que las acompañáramos a las habitaciones de arriba. Simulaban ganas de sexo cuando, evidentemente, se trataba de hambre de euros. Normal! Que belleza no perdería el norte por acostarse con un par de cuarentones pichaflojas que apenas podrían quitarse los pantalones sin caerse al suelo. Eso si, como el alcohol nos tenia completamente desinhibidos y como las hienas nos reían todas las gracias, nos hicieron sentir como Faemino y Cansado en un escenario. Lo pasamos muy bien. Muchas de las prostitutas eran mujeres extraordinariamente guapas. La mayoría sudamericanas, algunas del Este de Europa. Infinitamente más guapas que las modernas princesas, de mírame y no me toques, que habíamos visto en los otros bares de la ciudad. Pedimos otro whisky.
Continuará...

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