Resaca y esperanza.

Dos cuarentones salen de copas -2ª parte-

El cansancio pudo con nosotros y decidimos abandonar aquel infierno, o paraíso según se mire, de lujuria y perversión. Absurdamente salí con la copa en la mano, pues era incapaz de darle un trago más. Nos metimos en otra taxi de regreso al hotel y apunto estuve de sacar la primera papilla. El conductor parecía jugar a las carreras de ralis, pegando brincos por una ciudad que ya dormía. Logré contenerme, por el bien de la tapicería y del cogote del taxista. No recuerdo de qué manera debimos entrar al hotel donde nos hospedábamos pero probablemente lo hiciéramos a cuatro patas. Yo no recuerdo haber saludado a ningún conserje. Igual no lo vi porque, al andar doblado, el mostrador me quedaba alto. Entré en la habitación y me tumbé en la cama. Intentaba descansar pero, o bien la cama o bien mi cabeza, daban vueltas como una peonza. Sin encender la luz me metí en el baño para intentar vomitar en la taza del retrete. Lo conseguí a duras penas. No saqué ni medio chupito. Cuando intenté regresar a la cama no encontraba la puerta por la que había entrado. Plaf! Porrazo en la pared ooohhh, que rabia da esto! Pone muy nervioso.
Ya me había pasado antes en estancias que no conozco de memoria y por donde desplazarse a oscuras resulta difícil, pero borracho es mucho peor. Ni lograba encontrar la salida ni podía localizar tampoco ningún interruptor. Palpaba las paredes como un tonto mientras me protegía de golpes mayores, con las manos estiradas y el culo en pompa. Choqué con una puerta blanda, como de plástico. Me di un porrazo en los tobillos y me metí a trompicones enterito en la bañera, más o menos como Julio Salinas llegando al área entre defensas. Casi derribo la mampara de plástico. Qué hago aquí dentro? Otro golpe, ahora en la rodilla. Levanté el monomando, se disparó el flexo de la ducha como una serpiente enfadada que lanzaba agua por todos lados. Me aparté para evitar mojarme más y derribé un dispensador de gel de baño gigante que colgaba de la pared. Cómo puedo estar viviendo esta situación tan ridícula? Me dije. Yo mismo me recordé a Frank Spencer, el patoso personaje de TV interpretado por el inglés Michael Crawford. Logré salir de la bañera, pero seguía atrapado en el cuarto. Mi paciencia había terminado y decidí estirarme al suelo cuan largo soy. Me dispuse a dormir sobre las frías baldosas. No sé cuantas horas pasaron pero finalmente me desperté y con la cabeza un poco más despejada logré salir del cuarto de baño sin más problemas. Me metí en la cama como un zombi y casi inmediatamente sonó el teléfono. Era el hermano de uno de los taxistas. Al parecer habíamos quedado que él nos llevaría al aeropuerto. Estaba esperándonos en la puerta del hotel sorprendido porque no bajábamos y se nos escaparía el avión. Todavía teníamos que vestirnos y hacer las maletas. Olvidarnos del excelente desayuno del hotel y pagar la cuenta en un plisplas si no queríamos perder el vuelo. Me parecía tener a todas las bandas de rock duro dándole zambombazos a mi cerebro. No teníamos dinero en metálico para pagar la carrera del taxista y tuvimos que andar dando rodeos por la ciudad para buscar un cajero automático de los nuestros. El primero que encontramos se nos comió la tarjeta, se apagó y se la quedó retenida. Creo que los cajeros automáticos son listos y, de alguna manera, quisieron castigarnos. Tuvimos que llamar para que la anularan. Al final encontramos un cajero para pagar al taxista. Llegamos in extremis para embarcar. Incluso nos sobraron dos minutos para comprar un café y una manzana que consumimos en la cola del avión. La resaca era monumental y el viaje en avión fue tan agradable como estar metido dentro de una coctelera mientras el barman la agita con el máximo vigor.
Le conté a mi amigo mis tribulaciones en el baño. Se rió un buen rato y me contó que él había estado más cerca de la meta que yo. Al parecer, intentaba desnudase cuando le fallaron las fuerzas y cayó de rodillas sobre la moqueta al tiempo que apoyaba la frente sobre los pies de la cama. En una postura más propia del Mariano de Forges que de cualquier otra cosa, solo le faltaba quitarse un calcetín, que quedó medio colgando. Así, en esta cómoda posición, descanso lo que pudo mientras yo hacía lo propio en el cuarto de baño. Llegué con la mayor ilusión del mundo a mi casa y me prometí estar una buena temporada sin beber. Evidentemente no cumplí la promesa, sin embargo, afortunadamente, no he vuelto a coger una castaña semejante. Creó que todo nos pasó por volver a la universidad después de tantos años, aunque fuera para una reunión de trabajo. Los centros docentes están malditos y no me cansaré de predicar lo perjudiciales que llegan a ser para el organismo.

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