Confusión fatal II

Los muertos juegan a squash

Me llamo Nicanor y llevo muerto más de 100 años. Un hacker de Singapur me ha proporcionado la manera de comunicarme con vuestro mundo a través de este blog.
Para empezar, quiero aclarar unas cuantas cosas: Dios existe. Existe, pero no os hagáis ilusiones. Está muy mayor. Se olvida de las cosas, no está informado y descuida sus obligaciones. Digamos que como gerente es un desastre. Parece que se trata de un tipo de alzhéimer que afecta a las divinidades. Lleva así varios miles de años. Es muy autoritario, nunca nombrará a un sucesor. Luego, como es inmortal, no va a cambiar. Es lo que tenemos y no hay que darle más vueltas. Podéis rezar lo que os dé la gana que aquí nadie escucha vuestras plegarias. El infierno no existe ni Satanás tampoco. Todos los muertos vivimos en el Cielo. Tanto buenos como malos. Lo siento, no hay premio ni castigo. Y ahora va la gran sorpresa: El cielo es una inmensa pista de squash donde todos los hombres y mujeres que hemos vivido y muerto en la tierra jugamos y descansamos en paz. Todos, absolutamente todos, compartimos de cuerpo presente, esta inmensa pista. No únicamente nuestras almas sino también nuestros cuerpos, con el mismo aspecto que teníamos en la tierra, los traemos aquí. Los cuerpos que quedaron destrozados, calcinados, desaparecidos, e incluso los que fueron operados de cirugía estética, vuelven a las forma que tenían, o hubiera tenido, a los veinticinco años de edad. También los que murieron a los cien y los que murieron antes de nacer.
No hay animales ni otros seres vivos. Ni bacterias ni virus, ni piedras ni agua, ni enfermedades ni facebooks ni twitters. Únicamente hombres y mujeres de veinticinco años, de todos los países, razas y formas, compartimos paredes blancas, líneas rojas, parquet, cristaleras y, cómo no, millones y millones de raquetas y pelotas de goma. En el cielo no existen las relaciones familiares y la gente no recuerda a sus conocidos en la tierra. Todos somos iguales y todos somos igual de amigos los unos de los otro. Como no puede ser de otra manera, la mayoría dedicamos la mayor parte del tiempo a jugar a squash. Es cansado pero te acabas acostumbrando. Incluso a recibir constantemente pelotazos de gente que está jugando otros partidos también se acostumbra uno. No puedes abandonar la pista acristalada en ningún momento, fuera solo está el vacio, pero puedes interrumpir tu juego y mirar el de otros, tranquilamente sentado en el suelo.
Los muertos no comemos ni bebemos. Evidentemente tampoco necesitamos orinar ni defecar. Existen infinitas liguillas, torneos y campeonatos a los que te puedes apuntar y en los que ganar o perder tiene una importancia relativa. Un inmenso cartel reza así: Il Importantum participare est Dios habla latín para contentar a los curas muertos pero es un latín muy poco académico, ni se declina ni nada. El que llega al cielo con un cierto nivel de squash parte con cierta ventaja, pero le dura poco. Se pueden imaginar que, con toda la eternidad por delante, la gente llega a aprender muchísimo. El nivel es espectacular. El campeón del mundo en la tierra no le ganaría ni medio punto al quinientos millones del ranquin en el cielo.
Solo paramos de jugar para descansar y para practicar el sexo. Afortunadamente el sexo no nos lo han quitado. Los muertos no vamos desnudos, como cabria imaginar. Vestimos una especie de minisotana blanca que nos hace la función de camiseta sin mangas y de falda por encima de las rodillas. El tiempo atmosférico es constante todo el año y la indumentaria es exactamente Igual para hombres y mujeres. No llevamos ropa interior pero si unos calcetines blancos de tenis y unas bambas sin marca, iguales para todos, que duran una eternidad. El tipo de indumentaria parece pensado para realizar el coito con total comodidad y rapidez entre jugadores que se gusten, en cualquier momento. El sexo siempre tiene que ser consentido. Estaría muy mal visto forzar a alguien y automáticamente serias expulsado de todas las liguillas. Morirías de aburrimiento en menos de diez mil años. Por la cuenta que nos trae nadie es agresivo ni violento. En el cielo no existe la intimidad, el sexo se practica públicamente dentro de la pista de squash, que no dispone de reservados. No hay otra opción y estás sujeto a recibir un pelotazo en cualquier momento. Un buen pelotazo puede echar a perder, perfectamente, una buena erección. No es extraño encontrar conjuntos de chicos y chicas practicando sexo en grupo. Besos, caricias, felaciones, cunnilingus, etc.., son el pan nuestro de cada día. Sin embargo, el coito anal no está permitido. A Dios no le gustan estas cosas. Lo primero, el propio San Pedro cuando te recibe en el hall, antes incluso de proporcionarte la indumentaria, es endosarte un tapón de corcho, tipo cava, en el culo. Lo llevamos absolutamente todos y no nos lo podemos quitar. Evitando de esta manera cualquier intento de descuidar la retaguardia. Los homosexuales lo pasan mal y a los que nos gustan maduritas también, pues todos tenemos veinticinco años menos el propio Dios que tiene varios millones y además los aparenta.
Los últimos muertos que están llegando me comentan que cada vez se practica menos el squash en la tierra, que desaparecen las pistas y que, por el contrario, el pádel está ganando adeptos sin parar. No os escribo mi primera carta para recriminaros nada, pero si para deciros que las cosas aquí no van a cambiar. Aquí se juega al squash y mariconadas las justas. Para muestra un tapón, de corcho.

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