Confusión fatal II

Confusión fatal I

(Capítulo 1 de 4)
José Luis trabajaba de albañil en una pequeña empresa de la construcción. No hubo tiempo a que le afectara la crisis del sector. Salía de su casa cuando le detuvo la policía. Le acusaban de haber agredido sexualmente a varias mujeres en un barrio de su ciudad. Las denunciantes no dudaron en identificarle en las ruedas de reconocimiento. José Luis no entendía nada. Llevaba meses sin pisar los lugares donde al parecer se habían producido las agresiones. Él nunca le había hecho daño a nadie y jamás hubiera cometido un delito de este tipo. Las pruebas de ADN tampoco le ayudaron y la juez no dudó en mandarle a la cárcel con la máxima condena posible para estos casos.
José Luis tenía 23 años cuando entró en prisión y allí, con los años, se convirtió en un hombre maduro que poco tenía que ver con el chaval que había sido. Cuando finalmente obtuvo la libertad definitiva, José Luis era un hombre rencoroso. La venganza era su único objetivo.
Los medios dieron la noticia de su liberación para rabia y disgusto de la población que no podía entender que semejante hijo de puta pudiera andar tranquilamente por las mismas calles que ellos y, sobretodo, por las mismas calles que sus mujeres e hijas. Afortunadamente para él, la noticia no trascendió el ámbito de la prensa local. En este momento la atención mediática se centraba en otros temas y su fotografía no fue portada de periódicos y noticiarios, evitando así el escarnio público.
José Luis no tenía absolutamente a nadie que le esperara. Era hijo único y sus amigos y novia de juventud habían dejado de serlo en el momento de su detención. Sus padres, únicas personas que le habían apoyado, habían muerto esperando su liberación. No necesitaba a nadie más. Tenía un plan y ejecutarlo era lo único que le interesaba en ese momento. Hacía ya muchos años que no pensaba en otra cosa. Desde aquel día cuando otro recluso, con el que apenas tenía relación, le dio una noticia que marcaria un antes y un después. Un motivo por el que seguir viviendo.
Recordaba perfectamente la conversación:
-En mi último permiso vi a un tío por la calle pastadito a ti. Y cuando digo pastadito quiero decir que bien pudieras haber sido tu mismo. Si no fuera porque tu fotocopia llevaba un buen traje y se metió en un coche que dudo que tú llegues a tener nunca.
José Luis se quedó mudo.
-Qué pasa chaval? Te ha dao un pasmo? Ya sabes quién es? - añadió el recluso
-Supongo que es el que debería estar aquí ahora mismo hablando contigo dijo José Luis
-Ya, claro. Tú no hiciste nada verdad? dijo el preso con sorna.
-Yo no hice nada, correcto. Soy inocente, lo creas o no. Y tú me acabas de dar la explicación a mi desgracia.
-Pues si eres inocente, esta es la matrícula del coche de tu hermano gemelo -le dijo el preso al tiempo que le entregaba un papel doblado.
-Por qué haces esto? preguntó José Luis.
-Créeme, se lo que es pagar por algo que no se ha hecho concluyó su interlocutor antes darse media vuelta y volver por donde había venido.
Ahora, unos años después, por fin era libre. Seria implacable. Quienquiera que fuera el tipo que tanto se le parecía pagaría por lo que le había hecho pasar.
Tirando del hilo de la matrícula del coche no le fue difícil dar con su objetivo. Vivía en las afueras de la capital de la vecina región. José Luis se había dejado crecer el pelo, una protuberante barba cubría su rostro, y así le fue más fácil seguir los movimientos de la persona que más odiaba en el mundo. La primera vez que lo vio le pareció que se estaba mirando en un espejo. Disculpo a las mujeres agredidas por la inevitable confusión. Ese hombre solo podía ser su hermano gemelo. Sus padres nunca le habían contado nada, ni que tuviera un hermano, ni que fuera adoptado, pero no se podía tratar de otra cosa. Probablemente ellos mismos desconocían la existencia de otro individuo con sus mismos genes. Gemelo o no, lo mataría igualmente, por violador y por cobarde. Demasiados años permitiendo que otro purgara sus pecados como para quedar indemne.

Comentarios