La tapa del váter

Confusión fatal II

(Capítulo 2 de 4)

Su objetivo resulto llamarse Manolo Mendoza. Paradojas de la vida, cargo público de cierta responsabilidad en la Consejería de Igualdad y Empleo de su Gobierno autonómico. Un lobo reconvertido en defensor de los derechos de las ovejas, sino por meritos si por afiliación política. Solo había que buscar en internet. Manolo Mendoza era abogado de formación, funcionario y afiliado al partido que gobernaba en ese momento. No se trataba de una persona conocida públicamente, pero debería chuparla lo suficientemente bien como para ocupar un cargo intermedio. Casado con una mujer atractiva compartían casa en urbanización e hijos gemelos de 5 años.
José Luis los estuvo siguiendo y observando durante días. Aunque no podía oír las conversaciones le pareció que Manolo era una persona desagradable y autoritaria con los suyos. Se comportaba como el jefe de la manada que no necesita ser afectuoso y le basta con ser más chulo que nadie. Apena sonría, continuamente malhumorado, parecía querer infundir miedo a su mujer y sus hijos.
Los miércoles por la tarde al salir de la oficina, Manolo quedaba con tres amigos para jugar al pádel. Luego cenaban de tapeo y celebraban su camaradería en un local de alterne en las afueras de la ciudad. Sus amigos tenían el mismo aspecto de capullos que Manolo. Pensó que por el mismo precio se los podría cargar a los cuatro, pero prefería evitar complicaciones.
El puticlub estaba situado a pie de una carretera en una zona bastante desolada. Era un local inmenso con un gran parking en la entrada y luces de neón en la fachada. Los dos miércoles que les siguió, después de despedirse ya bien entrada la noche, la cuadrilla se dispersaba en el parking hacia sus coches. Aquel seria un buen momento para abordar a su enemigo. Lo tendría todo listo para el siguiente miércoles.
Ese día se afeitó y corto el pelo al estilo de Manolo. Comprobó que estaban en el pádel. Hizo tiempo. Tras el restaurante de tapas los vio dirigirse al club de alterne como de costumbre. Manolo iba solo con su coche. José Luis sonrió y pensó que ese hombre no se imaginaba para nada el escaso tiempo que le quedaba de vida.
José Luis se desplazo en bicicleta hasta el local nocturno y aguardo entre los árboles y coches del parking. La espera se le hizo eterna. Estaba muy nervioso y sudaba copiosamente. Protegido por la oscuridad vio salir a los cuatro amigos. Se abrazaron y golpearon la espalda al estilo clásico del borracho satisfecho de ser tan colega. Afortunadamente los coches estaban separados. Nadie vería que, ese día, Manolo no entraría solo en su flamante vehículo. En el mismo momento en que Manolo se acomodaba en el asiento del conductor, José Luis se deslizo por la puerta trasera. Manolo no tuvo tiempo de girarse para comprobar de donde provenía el ruido cuando notó que algo cilíndrico presionaba su nuca.
-Haz lo que te diga o voy a esparcir tus sesos por toda la tapicera.
Le hizo conducir unos buenos setenta quilómetros sin retirar ni un solo momento el arma de su cogote. Sobrepasaba la medianoche y las carreteras estaban poco transitadas. Finalmente llegaron a su destino, una fábrica abandonada en un inmenso polígono industrial. Allí llevaba instalado José Luis los últimos días. Le obligó a entrar en el antiguo almacén. El escenario estaba dispuesto. Dos focos industriales conectados a una batería. Un colchón, una silla, un taburete y una cuerda con un nudo corredero colgando de la biga central. Era todo lo que necesitaba para la función.
-Quítate toda la ropa.
Manolo se desnudo al tiempo que contemplaba atónito la extraordinaria semejanza con su raptor.
-También los calzoncillos.
José Luis miró fijamente a Manolo y comprobó que tenían el cuerpo prácticamente idéntico. No había dedicado sus años de cárcel a la gimnasia y ambos tenían un cuerpo más bien fofo, como corresponde a los hombres de su edad cuando uno no es un atleta. Se fijó en un lunar de casi dos centímetros de diámetro que adornaba el muslo derecho de Manolo y en un pene circuncidado similar al suyo, ahora reducido a la mínima expresión por el miedo. Manolo estaba llorando.
-Sube al taburete y colócate la cuerda en el cuello.
José Luis terminó de ajustar el nudo corredero sin dejar de apuntar a Manolo con la pistola.
-Quién eres?-pregunto Manolo sollozando Por qué me haces esto? Por qué nos parecemos tanto?
-Eso me lo vas a responder tú dijo José Luís, y también me vas a explicar porque dejaste que me pudriera en la cárcel. Hubieras podido volver a actuar, ni que fuera para que dudaran de haber detenido al culpable.
-No sé de qué me estás hablando dijo Manolo
-Cómo has podido vivir tranquilo todos estos años sabiendo que otro pagaba por tus delitos?
-No me hagas daño por favor. No sé de qué me estás hablando. Lo juro. Lo juro por Dios dijo Manolo llorando desconsoladamente.

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