Confusión fatal II

Turismo sexual

La conocí en una cala de Cadaqués. Ella salía del agua desnuda, como una Venus. Seguro que si Botticelli la hubiera visto no le hubiera dado por ponerse a pintar. Yo me fijé en sus ojos y ella fijó sus ojos en mis genitales. Yo también iba desnudo. Las mujeres siempre piensan en lo mismo. También ayudó el hecho de llevar el escroto pintado de colores. En esta ocasión lucia la bandera de Honduras. No me pregunten el motivo. Le gusté. Me miró fijamente con cara de vicio y me dijo que le gustaría comerme la yugular. De acuerdo, pero sin cocinarla, le respondí.
-Vayamos a mi apartamento. Por mar no está lejos. -Me dijo agarrándome y estirándome del pene.
Cogimos prestado un patinete de playa y nos fuimos pedaleando hasta Menorca. Tal cual. Como en el anuncio de cerveza pero sin protección solar. Por el camino pescamos, con nuestras propias manos porque no llevábamos útiles de pesca, cuatro atunes, ocho doradas y un ternero de 64 bits. Llegamos al amanecer al puerto de Ciutadella. Como yo soy catalán y ella valenciana no entendíamos ni papa de la lengua que hablaban los aborígenes de allí. No entiendo como se lo hizo Jaime I. No me extraña que se hubiera discutido con todo el mundo.

Me llevó a su apartamento en una cala paradisiaca de aguas turquesa que solo se podía llegar andando por un sendero de veinticinco quilómetros, o también en coche pero por el otro lado. Por eso solo había 10.000 personas tumbadas en la arena. Le dije que hubiéramos podido anclar el patinete en la cala y no en el puerto de Ciutadella pero me dijo que no quería navegar por esas aguas porque era la época de desovación de las abarcas. No me sorprendió. Siempre pensé que unas chancletas tan buenas no podían ser cosas de isleños. Me advirtió que compartía el apartamento con una saltadora de pértiga húngara ninfómana. Cuando llegamos allí la encontramos subida en un armario de 5 metros de altura y no se atrevía a bajar. Le acercamos la cama para que pudiera saltar sobre suelo blando. Solo caer se abalanzó sobre mí, que todavía iba desnudo. Empezó a besarme desesperadamente. Dijo que llevaba dos días sin ver a un hombre. Me tumbaron sobre la cama e hicieron conmigo lo que quisieron. Estuvieron ablandándome el punto G hasta sacarme semen por los ojos. Tengo la suerte, o la desgracia, de ser vaginal y multiorgasmico y se divirtieron conmigo hasta el hastío. No me ofrecieron ni un café. Cuando estaba a punto de quedarme dormido llamaron a la puerta. Para no vestirme me puse una papelera en la cabeza. Así me podrán ver desnudo pero no reconocerme. Abrí la puerta. Me dijo que era la cartera que traía un certificado. Yo no veía nada porque la papelera era opaca. La cartera, al verme tan apetitoso, se olvidó de su trabajo y se abalanzó sobre mí como usuario del Imserso abordando un self service. Me lanzó sobre la cama. Las otras dos se despertaron como hienas para devórame. Me estaban penetrando las tres a la vez cuando el alboroto alertó al vecino marinero del apartamento adyacente, quien apareció de repente entrando por la puerta del balcón. No debería ser la primera vez que lo hacía porque nadie, salvo la cartera y yo, se sorprendió. Era un tipo moreno de dos metros que se sacó la camiseta delante de los cuatro amantes tendidos en la cama. Era un armario de tío. Tenía unas espaldas cinco veces las mías. En ellas llevaba tatuadas las tres carabelas de colón, se reconocían incluso a los hermanos pinzones. En la espalda lucia, con todo lujo de detalles, las veinticinco catedrales más importantes del mundo. La cartera tuvo un disgusto tremendo cuando comprobó que la de Burgos no estaba entre ellas. Se tranquilizó al ver la tarrina de queso fresco que llevaba tatuada en una nalga. Lo importante es que tengas algo de Burgos guapetón soltó. Nadie hizo el chiste fácil de la morcilla. El marinero, apartando suavemente a la cartera, dijo que lo que más le apetecía en ese momento era un culito inocente como el mío. A esas alturas, eso era mucho más de lo que sexualmente yo podía soportar. Escapé por el mismo balcón que había facilitado la entrada del marinero y, saltando al mar, nadé hasta el puerto de Ciutadella. Nadé en estilo braza porque en crol o mariposa no hubiera aguantado. Una vez recuperado el patinete emprendí mi viaje de regreso a Cadaqués, donde mi mujer, mis hijos y mi suegra me deberían estar esperando. No iba lento. Por el camino adelanté un crucero de lujo, un transmediterránea y al nadador David Meca que estaba batiendo un nuevo record. La gente me vitoreaba a rabiar desde los barcos. Llevado por la emoción me despisté, me desorienté y me perdí. Suerte tuve de poder llevarme a la boca los atunes, las doradas y el ternero. Me lo comí todo crudo, a la japonesa. No hice sushi porque no tenía tiempo de filigranas, no por falta de ganas. Con todo el tiempo que pasé deambulando por el mar adquirí el color de las tabletas de chocolate Lindt 85 %. Hubiera asustado hasta a los melanomas. Dos tortugas que viajaban en la misma dirección que yo me remolcaron un rato pero solo sirvió para desviarme más. Me desvié tanto que la guardia costera del algún lejano país de por allí me confundió con un pirata somalí. Fui detenido. El gobierno exigía la libertad de unos turistas a cambió de mi liberación. Mi liberación no le importaba absolutamente a nadie. A los que menos a mi familia. Al cabo de 10 días en un calabozo me llevaron al juzgado. Cuál fue mi alegría al descubrir que la jueza responsable de la instrucción era mi mismísima amiga la nudista valenciana. Evidentemente no dudó en absolverme y ordenar mi liberación inmediata. Lo celebramos en Polop comiendo paella y bebiendo cerveza, de otra marca que la del puñetero anunció, evidentemente.

Comentarios

  1. ¿Quien eres? me gustaría contactar contigo. Muchas gracias

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